Dogo Argentino –

Fragmento de un Relato de Monteria…

LA NOCHE DEL DAY Relato de pasión y caza

Esta es una historia triste.

Al sentarme ante la máquina de escribir para darle forma, afloran a mi mente los trágicos momentos que le dieron vida y siento que me acongoja una tremenda pena, la misma que aquel fatídico 15 de septiembre de 1966, ensombreció mi alma y que aún hoy no puedo apartar de mí, aunque haga lo imposible por olvidarla. Amadeo Biló (h)

DIALOGANDO CON LA MUERTE

El jabalí, que parecía no mirarme, giró sobre si y arremetió furiosamente contra el caballo, del que lo separaban apenas dos metros. El noble bruto, asustado en extremo, pegó una espantada como si de pronto le hubiesen crecido alas.

El jabalí alcanzó a tocarlo en una de sus paletas, donde dejó la marca de un soberbio colmillazo. Me sentí despedido por el aire con el cuchillo en la mano. Caí como un plomo sobre el suelo, perdiendo el arma ante la fuerza del impacto. Lo que pasó por mi mente en ese instante, sólo Dios y yo lo sabemos.

Instintivamente –sin sentir dolor- traté de girar, disparándole a la fiera. Los Dogos “Day” y “Pillán” habían aprovechado el cambio de dirección del ataque del jabalí y prendieron, como garrapatas, de su orejas. La fiera había comenzado a hacer sonar sus colmillos, provocando un ruido atroz que erizaba los cabellos.

Se hallaba de cuartos a mí, atendiendo la mordida de los perros. Si procuraba levantarme estaba perdido. Contemplaba horrorizado como los perros “volaban” por el aire ante cada movimiento en redondo de la fiera. Poco tiempo más podrían aguantar mis nobles canes este tipo de embates. Muy grande era el jabalí y sumamente desparejo el encuentro.

Dele” buscó afirmarse mejor, señal evidente de que el cansancio comenzaba a hacerse presente. Pensé en mi cuchillo. ¡Vaya a saber dónde había ido a parar! Desesperado, consciente de única posibilidad y sintiendo cercano el grito de los cazadores que me acompañaban, jugué mi última carta. Me prendí de las patas traseras del jabalí y junto a “Dele” aguantamos la embestida.

Nunca había visto patas tan gruesas ni tan difíciles de sujetar. Se movían con golpes cortos y yo comprendía que mis acalambradas manos aguantarían muy poco más. La fiera procuraba gira, para alcanzarme. Yo podía ver sus ojillos pequeños, de un brillo asesino, que buscaba ubicarme. Mis botas resbalaban en el suelo cada vez que procuraba afirmarme, procurando alejarme de su trompa.

El hombro me dolía terriblemente y con horror me di cuenta que mis brazos están quedando estirados debajo del jabalí. Entre brumas alcancé a ver a Read y a Rickoff que, espantados, trataban de aproximarse, sin poder disparar, por temor a herirme. El jabalí también los vio. Realizó un último esfuerzo y logró desprenderse del Dogo que se afirmaba en la oreja opuesta al lado en que yo me encontraba. Sentí como el Dogo cercano a mí, también se desprendía y que pasaba retrocediendo sobre mi cuerpo, haciendo inútil fuerza por volver.

Quise girar para separarme también yo. Sentí una de las patas delanteras de la bestia sobre mi axila y las traseras delante de mi cabeza. Estaba perdido, irremediablemente… Apoyé mi mano sobre la panza del jabalí, tratando de retirarlo de encima mío, mientras sentía el entrechocar de colmillos muy cercano a los oídos. Mi cadera sufrió el primer ensayo de mordida, en un terrible hocicazo que me hizo gritar de dolor.

De pronto, me encontré frente a frente a la cara de la bestia. Mis cabellos, como sus cerdas, deben hacerse erizado. Recuerdo que sobrecogido de miedo, lancé un grito espantoso, surgido del fondo de mi alma. En ese preciso instante alcancé a ver que una mancha blanca se atravesó entre mi cara y la del jabalí y un chorro de sangre caliente cayó sobre mi cara, cegándome. Sonaron unos tiros. Hice un último esfuerzo y giré sobre mí mismo tres o cuatro veces. ¡Estaba vivo!… Me levanté, como impelido por un resorte y me dispuse a disparar. Tenía los nervios destrozados, ganados por el pánico más horrendo que he sentido en mi vida. Sentí otro disparo y a tres metros de la acción, me volvía a mirar. Limpiándome con la manga de la camisa la sangre de mi cara. La escena que se presentó a mi vista era realmente espantosa.

El jabalí caía, arrodillado, ante los disparos de Read y Rickoff que anhelantes, mantenían aún sus armas listas. Detrás de mí sentía a los fotógrafos e intérpretes que se acercaban al galope. Los Dogos seguían mordiendo a la fiera abatida.

 

LA TRAGEDIA

Me acerqué a “Day” que, también temblando, me miraba, extendido sobre un gran charco de sangre. El jabalí también yacía sobre un gran manto rojo que brillaba, extrañamente, al sol. “Day” se separó y entonces, sólo entonces, alcancé a comprender, sintiendo otra vez el terror del momento. No tenía fuerzas para continuar.

 Me parecía estar soñando, sumido en un extraño sopor que desfiguraba los cuerpos que me rodeaban. Pensé en la caída del caballo, a los minutos que había estado “mano a mano” luchando con el jabalí y extrañé no tener ningún hueso roto. Temblaba como una hoja y en mi boca la sangre que había penetrado comenzaba a tener un sabor muy amargo.

El Dogo procuró acercarse a mí. Lo vi venir como entre sueños, casi sin oír a los yanquis a los gritos. Comprobé que la garganta del perro se hallaba cercenada. Llegó hasta mí y como siempre buscó mi regazo. Se acomodó temblando y mientras lamía tiernamente mis manos, clavó largamente su mirada en mí.

Reaccioné de improviso. Con desesperación tomé su garganta procurando apretar los extremos de la carótida cortada. Grité no sé cuantas cosas y cuando oí que una filmadora funcionaba a mi lado, me desaté en una retahíla de improperios. La gente se retiró y me dejó con mi buen perro en el regazo, muriéndose. Los otros Dogos se acercaron, también cubiertos de sangre, gimiendo su desesperación y su impotencia.

La muerte se acercaba y todos la oímos llegar, sin nada a nuestro alcance para detenerla. El pecho del buen “Day” estaba rojo de sangre, así como mis manos y mi garganta. -maldito sea- exclamé. ¡Malditos todos los jabalíes del mundo!… Nadie respondió nada. Y lloré. Lloré a gritos, comprendiendo que “Day” me abandonaba.

Sus encías comenzaron a quedar blancas. Comenzó a aspirar profundamente, cada vez más hondo. Cada vez más fija su mirada en mí. En un supremo esfuerzo aprisionó mi mano ensangrentada por su propia sangre y ensayó mover la cola en un último gesto de cariño. Todo había desaparecido para mí. Allí estaba solo mi mejor perro que se moría. ¿Médicos?…¿Sanatorios?… maravillosas palabras, pero inútiles a dos largas horas de marcha.

No quise que “Day” muriera sobre mi vehículo: ¡Que lo hiciera entre los chañares en que había vivido, lejos de la gente, sólo conmigo!… La acomodé mejor en mi regazo y vi como la vida abandonaba lentamente su cuerpo sin remedio. Y en el silencio del monte, vertí las más amargas lágrimas de mi vida, respetadas en silencio por mis amigos cazadores.

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